Subida a la Jarosa

 

 

Atendiendo a la propuesta de Juanjo de hacer la ruta de “La Jarosa”, (Marcial y Rosa) llegamos a las 9,15 h. de la mañana a la rotonda de Collado Villalba, que ya todos conocemos tan bien, con un adelanto de quince minutos, así que mientras hacíamos tiempo sacamos la bicicleta del coche. Poco tiempo después apareció Juanjo e hicimos nuestros saludos de rigor y comentamos la posibilidad de si habría alguien más interesado en salir este sábado, pues el día invitaba a ello. Esperamos un poco con la esperanza de que alguno más se hubiese animado, pero viendo que eran las 9,30 h. pasadas y no aparecía nadie y

no habiendo dejado ningún mensaje ni ninguna señal de humo de que fueran a venir, decidimos (Juanjo y Rosa) poner “pies en polvorosa” o más bien “ pies en los pedales” y nos pusimos de acuerdo con Marcial a la hora que efectuaríamos el regreso (entre las 13 y 13,30 h. aprox.), eso es lo que creíamos que íbamos a tardar.

 Comenzamos a pedalear con mucho ritmo y hablando de cosas cotidianas, también del día tan magnífico e idóneo de bicicleta, si no me equivoco mientras íbamos hablando y disfrutando del día y de las bicicletas, fuimos llegando al centro de Guadarrama y nos dirigimos hacia la carretera de La Jarosa, que creo que es así como se llama, a una subida de aproximadamente dos kilómetros que culmina junto al Embalse de La Jarosa. Para llegar al punto en el que comienza esta ruta, se debe recorrer la carretera que discurre en paralelo a la presa, hasta encontrarse de frente con un camino forestal.

 

Croquis del Itinerario

 

El ascenso discurre por una pista forestal asfaltada con pronunciada pendiente en muchos tramos, que aunque el hecho de encontrarse asfaltada y ello facilita la pedalada; sin embargo, no deja de ser que en muchos de esos tramos se hace dura la subida hasta coronar la cima. Durante el recorrido por este tramo, Juanjo, conoce una alternativa para acortar la subida del camino forestal y hacerlo algo más suave, con lo que nos desviamos a nuestra izquierda por una pequeña senda entre pinos, con un paisaje que emborracha todos los sentidos: la vista, los olores y los sonidos de la naturaleza, desde el trinar de las aves, hasta el sonido de correr del agua que íbamos dejando a nuestra izquierda, producido por un arroyo rebosante de agua, y según íbamos pedaleando por esta senda, en la misma nos encontramos

unos caballos y sus potros en estado salvaje y que muy educadamente (y parece mentira que fueran caballos) se apartaron del camino y a la vez mirándonos con cara de asombro (esto no suele pasar en el METRO a las 7 h. de la AM, que hay burros sueltos y no te dejan pasar y encima te miran mal).

 ¡Ah! pero lo bueno termina pronto, así que llegó el momento de incorporarnos otra vez al camino forestal asfaltado, pero para ello tuvimos que subir por un pequeña pendiente que se hacía un poco dificultoso con la bicicleta si no la tienes debidamente preparada, Juanjo me advirtió que fuera preparando la bicicleta con el máximo desarrollo para poderla subir, pero no la preparé a tiempo, así que tuve que retroceder un poco en el camino para prepararla y poder subirla y así lo hice, ya había subido lo más difícil cuando me topé con una raíz o tronco gordo y se me fue la bicicleta y tuve que echar pie a tierra, si hubiese tenido cogido el manillar más fuertemente y pedaleado en ese momento más deprisa, como me dijo Juanjo posteriormente, habría superado la prueba, supongo que otra vez que me ocurra espero acordarme de sus sabios consejos.

 Y así seguimos subiendo, subiendo, subiendo y siempre subiendo, esperando que en el siguiente giro del camino sería el último, pero no, nunca era el último, de vez en cuando la subida se suavizaba y en uno de esos pequeños tramos más suaves apareció una vaca, ¡una hermosa y gorda vaca con su tierno, tiernísimo ternerito!, que estampa paisajística más preciosa para deleitar unos ojos de urbanitas. Mientras seguíamos pedaleando de vez en cuando bajaban coches, a lo que Juanjo me comentó que le extrañaba mucho que por este camino hubiera vehículos que pasaran tan a menudo, pero enseguida cayó en la cuenta que pudieran ser de cazadores, según íbamos subiendo aparecían aparcados por el camino coches con sus remolques, que parecían ser los habitáculos en donde transportan los perros los cazadores, así que los sonidos de la naturaleza enseguida empezó a transformarse de vez en cuando en sonidos de disparos; a lo que Juanjo comentó “que el hombre es el único animal que por donde pasa lo arrasa todo”.

 Poco tiempo después de haber hecho el comentario anterior, vimos aparecer en el camino forestal a unos cazadores con sus perros respectivos, y me resultó curioso que nos miraran con cara de asustados al vernos pasar como si fuéramos unos animales extraños, así como tipo fieras, montados en unas máquinas de dos ruedas y vestidos de romanos con la armadura preparada, por lo que se apartaron rápidamente del camino y hasta uno de ellos, con pelo de color miel y con cara de más bueno que el pan, empezó a correr creyendo que íbamos a por él, y yo pensé, “parece mentira que sean perros adiestrados para cazar”, pues tenía una cara con una expresión que irradiaba pavor.

 Y ya POOORRRRR FIINNNNNN coronamos la cima, Juanjo buscaba un claro para descansar un poco, tomar el sol, admirar el paisaje, contemplar todo lo que se veía desde lo alto: las famosas  Cuatro Torres gigantescas que hacen parecer a las Torres de Kio unas enanas, también se divisaba el pantano de Valmayor. Mientras que admirábamos todo el entorno, y para no perder la costumbre, nos pusimos a comer las arhifamosas galletas (no de limón) las de chocolate que Juanjo siempre lleva en su mochila.

 

 

 Miró el reloj Juanjo y constastó que eran las 11,30 h. de la mañana con lo que, calculando lo que tardaríamos en bajar, estaríamos en el punto de encuentro antes de lo previsto, así que mejor era llamar a Marcial y quedar con él en su casa a tomar unas birritas. Y así comenzamos nuestro descenso a una velocidad que en mi velocímetro quedó registrado a unos 64,7 km. uuuffff casi, casi, casi como Gregorio a sus 66,6 km.. El descenso fue fantástico, emocionante, embargante, alucinante, todos los “ante” posibles.

 Según íbamos bajando Juanjo me advirtió que redujera la velocidad, ya que en un tramo  del camino había un socavón y había que tomarlo con precaución, pues en este punto según me fue comentando, ya más de uno se ha pegado un morrazo. Salvado estos pequeños inconvenientes fuimos llegando al kiosco en donde en otra ocasión junto con el grupo tomamos unas birritas, pero el sábado lo pasamos de largo.

 Fue tanta la velocidad la que tomamos para la bajada que estábamos llegando al punto de KDD a las 12,30 h. y a las 12,40 h. llegué con Juanjo a su casa y en la que nos recibió su querida Mati, que es un encanto, al igual que sus hijos, tal son sus padres, así son sus hijos, encantadores, cariñosos, un tesoro de hijos.

 Mientras llegaba Marcial (pues cuando le llamamos por teléfono nos dijo que estaba en Navacerrada), Mati y Juanjo prepararon unas birritas con unos aperitivos, a lo que al poco tiempo después se unió Marcial con nosotros a degustar lo que nos ofrecieron tan amablemente Juanjo y Mati y qué bien sentaron a esa hora y sobre todo habiendo hecho el ejercicio que hicimos en la subida. Nuestro agradecimiento a los dos.

 Cuando llegamos a casa después de despedirnos de Juanjo y Mati, y ya por la tarde, Marcial  me estuvo enseñando las fotos que había hecho en Navacerrada y que incorporo algunas por lo bonitas que son y el contraste entre lo que vimos en la mañana y lo que vió él. Nosotros, sin embargo, no hicimos ninguna foto, una lástima porque el día estuvo precioso, yo creo que no caímos en la cuenta.

Rosa.